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El estante aprendiz

Este artículo apenas traza una de muchas posibles rutas de lectura acerca del Budismo. No ofrece un panorama académico sobre Oriente en Occidente, no es el manual bibliográfico para un aspirante a la vida monástica. Existen una gran cantidad de textos traducidos al inglés, directamente desde el pali o del tibetano, en español no es poco el material que circula, pero mucho ha sido traducido del inglés y algunas de las publicaciones están plagadas de erratas.
El Budismo ha interesado, indistintamente, a los colonialistas del siglo XVII y a los beatniks en la década de los sesenta, a los pintores impresionistas y a los entusiastas de la fenomenología, a místicos y poetas, a escépticos y ecologistas, a científicos y ex combatientes, a reyes y psicodélicos, a la contracultura y a la derecha. Como filosofía, pero sobre todo, el Budismo como cultura en pos de la lucidez y la coherencia, ha reflejado sus principios y motivaciones en la poesía y el arte, y en otras expresiones como la Ceremonia del Té, la arquería o las artes marciales. Para sus muchos linajes es un sistema de pensamiento dialógico, no sólo al interior de su Orden sino también con pensadores de otras corrientes del siglo XX: Herman Hesse, Carl Jung, Thomas Merton, Jorge Luis Borges, son algunos de estos interlocutores. Su largo viaje de más de 2500 años a través del propio continente asiático y, en últimas décadas, a lo largo del continente Americano ha sido un encuentro cara a cara, fundado en la tradición oral que ha incorporado la escritura y otras tecnologías.
“La dualidad es un accidente… Es un gran malentendido” sostiene Chögyam Trungpa en su Loca sabiduría, si fuéramos capaces de aceptar y aprehender su sentencia o la frase medular del Sutra del Corazón de la Gran Sabiduría que dice: “La forma es vacío, el vacío sólo forma…” - no serían necesarias las toneladas de impresos que intentan explicar en qué consiste ese “Despertar” pero, es justamente la naturaleza humana, dotada de conciencia y lenguaje, la puerta -y la barrera- para trascender ésa dualidad, y esta contrariedad ha inspirado la reflexión de muchos autores alrededor del mundo, con tal tolerancia que, incluso los discursos sobre superación personal se sirven de esta antigua religión no teísta.
Para el Budismo, el cuerpo es la puerta para alcanzar la Iluminación y la meditación, la técnica para asistir a ese proceso psico-fisiológico llamado “yo” (ego). El Satipatthana Sutta o Los cuatro fundamentos de la atención, del Venerable U Silananda, y Los cuatro estados sublimes de Nyanaponika Thera son manuales para legos e iniciados, que guían, paso a paso, por los estadios que llevan al practicante a alcanzar la concentración. Más literario, pero con la misma perspectiva moral y ética que los otros dos escritos, el Dhammapada resume en versos cortos, reiterativos y simétricos, veintiséis apartados que aluzan “el camino a la Verdad”. Pero tal vez sea la imagen arquetípica del príncipe-renunciante, Siddharta Gotama, retratado por Karen Armstrong en su biografía Buda.
Zen, como adjetivo que igual lo utilizan tiendas departamentales en su sección de blancos, que oficinas de recursos humanos de empresas monopólicas, pero basta hojear The book of serenity. One hundred Zen dialogues para saber que aquél que se refiera al zen, aun preso del deseo y la ignorancia, lo mínimo que obtendrá de su maestro será un sopapo que lo devuelva al presente, y le recuerde la máxima del monje-niño Dogen suscrita en el Genjo Koan: “Estudiar el Camino de Buda es estudiarse a sí mismo. Estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo”. Insiste el zen, en cada destello y tintazo, no confundas al dedo que señala con la Luna, el Budismo no es la Verdad sino un vehículo para vislumbrarla. Trascender los límites del condicionamiento es un voto continuado, la Iluminación una praxis. Acceder a la espontaneidad es retornar, una y otra vez, a lo que Shunryu Suzuki llamó “mente zen, mente de principiante”, capaz de trascender toda dicotomía (yo/tu, vida/muerte, mundano/espiritual…). Edward Conze y Alan Watts legaron una importante obra como traductores, investigadores y ensayistas desde la perspectiva de la filosofía comparada. Son clásicos, por su lenguaje accesible, de Conze El Budismo. Su esencia y su desarrollo (incluido en la colección Breviarios del FCE), y de Watts El camino del Zen, entre una veintena de títulos más, bajo su respectiva autoría. Sin olvidar a D. T. Susuki, uno de los personajes que zanjó el terreno para introducir el Zen a Occidente, destaca el impacto de Los tres pilares del Zen. Enseñanza, práctica e iluminación de Philip Kapleau, un libro que reúne entrevistas y correspondencia de los maestros Yasutani, Bassui y Harada-roshi con sus estudiantes; en él queda expuesto lo que, bajo ciertos rituales muy antiguos, ocurre en monasterios y centros para retiros: el diálogo íntimo entre maestro y discípulo donde se cuestiona y describe la experiencia directa de los procesos mentales; donde, una vez acompasado por la respiración y la quietud, se revelan la luz resplandeciente y las oscuras sombras de la personalidad, donde, “de Buda a Buda” se manifiesta el Nirvana.
La poesía es el muro donde permanecen las huellas de los Budas, los Despiertos, los lúcidos; igualmente la profecías de Milarepa imantadas en la cordillera de los Himalaya, que los haikús irreverentes de Soen Nakagawa en Manhattan o “los poemas de Iluminación” de mujeres (maestras, esposas, madres, cortesanas, prostitutas, etc.) discípulas directas del Buda, que Susan Murcott da a conocer en: First Buddhist Women: Poems and Stories of Awakening, (aún sin traducir al español).

Rober Aitken Roshi (uno de los maestros vivos más prolíficos en América) conoció a R. H. Blyht (el orientalista británico y traductor de cuatro volúmenes de haikús) siendo prisioneros en Japón durante la Segunda Guerra Mundial. El monje, pacifista y poeta Tich Naht Hanh sobrevivió a campos de concentración en Vietnam de donde salió exiliado a Francia para luchar a favor de los refugiados. En Lhasa los monjes defienden su patrimonio cultural y esperan ver el regreso del Dalai Lama a su nación… La guerra y el conflicto han permeado la evolución del Budismo y detonado su expansión.

Aprendiz encierra algo que la palabra estudiante no incluye (y no necesariamente comparte con la palabra iniciado): es el que “aprende un arte u oficio…una profesión manual”. Vaya si no será un arte laborioso pulir y decantar la mente, el espíritu, la libertad. El propio Buda histórico emprendió todo tipo de prácticas y contendió en muchos debates, pero “alcanzó la madurez espiritual” sentado solo y enfrentando el miedo y el sufrimiento; no hay libro que sustituya ese tránsito, pero no hay por qué “ahorrarse” el gozo de leer la belleza elusiva de esta tradición.

Dolorsote de cabeza
Dolorsito de cabeza
La Primavera sigue brincando.
Soen Nakagawa

Bajo las flores del cerezo,
Nadie es
Un completo desconocido.
Issa

*Este texto apareció en la última versión impresa del suplemento Hoja por Hoja.

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