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El imperativo de la escucha

Siete de enero del 2015. El golpe irracional de no querer que alguien como Julio Scherer García se apagara, se fuera, nos dejara. El golpe insoportable del atentado a la revista de caricaturistas franceses, Charlie Hebdo, a manos de la organización terrorista y paramilitar, Al Qaeda. El golpe  desde la desaparición forzada de los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, en Guerrero, que este 26 de enero cumplirá 120 días de acaecida. En Veracruz, Moisés Sánchez Cerezo, otro de los diez reporteros desaparecidos (o asesinados), bajo la gestión del gobernador Javier Duarte. Y el cimbronazo, una población busca en los cuarteles militares lo que les han arrebatado.

Duele recapitular. Duele hablar. Duele el dolor. Pero esta orfandad masiva, violencia desproporcionada e impunidad obscena, en México, no parece dolerles a los políticos ni a los empresarios que padecen una suerte del síndrome de Diógenes (acumulación patológica de bienes). Estado fallido, también, soberanía fallida, trancada, aún contando las multitudinarias manifestaciones de solidaridad con las víctimas de Ayotzinapa y las expresiones públicas de repudio al presidente y a la ineptitud de los partidos políticos. Caos y desamparo.

 

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La protesta de la ciudadanía ha sido contundente, pero para Ricardo Guzmán Wolffer, en su ensayo“México: necropolítica e identidad”, también permea la situación actual, el maniqueísmo entre crimen y sociedad (La Jornada,2014), la sociedad “buena”, rehén; sin conseguir la reparación de los daños, el cumplimiento de sus exigencias, la revocación del poder y la sanción a las autoridades que delinquen. Henry A. Giroux, en su compendio titulado The Violence of Organized Forgetting, insiste en que “a ningún individuo puede confiársele poder ilimitado” (City Lights, 2014), este es  el careo más rudo al que nos enfrentamos frente a las instituciones, incluir, en la precaria supervivencia día a día, este reclamo, que es y debe ser un voto democrático: “a ningún individuo puede confiársele poder ilimitado”.  Para Guzmán Wolffer “estamos en un país que serámodificado a partir de los fallecidos y no de los vivos”. Nos quedamos sin ley, perdimos la cabeza y sucumbimos a las ocurrencias presidenciales. Es intolerable, en la Historia, lo que nunca debió haber ocurrido, como la masacre de Tlatelolco en 68, el Halconazo en 72, la Guardería ABC, los mineros en Pasta de Conchos, las fosas de San Fernando, como Tlatlaya…

El Estado de excepción, los Estado fallidos, los desplazados, las torturas, los desaparecidos, no parecen importunar la agenda del imperio internacional del dinero. El vacío de poder (municipal, federal, institucional) en México, no es un caso aislado del vacío de poder de una “cultura”global. El mundo se rige por la pirámide y el tandeo, de apuestas en la bolsa, un mundo vuelto capital del casino, reventado por franquicias y tragamonedas y, como dice Umberto Eco, un mundo donde los centros comerciales sustituyen catedrales. 

El planeta mapea “zonas de muerte”, de “guerras preventivas” o “de baja intensidad”. La violencia que azota a México, se parece y alcanza a otras latitudes del orbe, es parte de una crisis humanitaria expandida y consecuencia de una espiral voraz del mercado en la que dejamos de ser sujetos para ser consumidores de algo (Z. Bauman, FCE, 2013). La férrea coerción de compra/venta de periódicos o universidades, la rebatinga/expropiación de países que dejan de ser repúblicas para convertirse en suministros de petróleo; el clima manipulado por el marketing ostentoso del trueque  político y los negocios monopólicos,  la oferta y la demanda de: fraudes, drogas, armas, tecnologías, inmigrantes, votos electorales… eso define la Economía del Desastre, local e internacional, redituable en cantidades exorbitantes para el 1%  de la personas en la Tierra. 

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Las cartulinas de los niños, las arengas de los colectivos, las mantas de contingentes, las banderas negras, los monigotes y los cohetones; el presidente Enrique Peña Nieto, un judas para la quema en la plancha del Zócalo; las velas, los escudos humanos, las antorchas, los infiltrados, los incendiarios, los comunicados del gabinete: pusilánimes y a destiempo; el eco de la prensa internacional…mientras los familiares de los desaparecidos se exponen en todos lados, humildes, de cuerpo entero, los provocadores y oportunistas se cubren la cara (con tapabocas o televisoras). La guerra y con la guerra, la rabia.

El mal que nos ocupa, un mandamiento pervertido: “en lugar de no matarás, ¡matarás!”(La Jornada,2014). Escandaliza la violación impune de un principio fundamental del contrato social para la vida en colectivo. Fue el Estado quien desapareció a los jóvenes de Ayotzinapa en septiembre pasado, y aunque se señale a la pareja de alcaldes perredistas como asesinos intelectuales (¿chivo expiatorio de una red intocable?), el Estado impuso e impone su mano dura, y filtra sus relaciones con el crimen organizado. Fue el Estado, mercenarios empadronados, militantes de la ambición.

Durante semanas la pareja Abarca Pineda ha saturado los medios. Ahíestán, descompuestos después de su captura publicada en los periódicos, ahíestán en redes sociales con camisas polo color amarillo que dicen Hugo Boss. Google los presenta en álbumes saludando a la bandera, presidiendo un simposio, cortando un listón…siento terror, siento con terror lo que Hannah Arendt atestiguóen el juicio a Eichmann: la banalidad del mal (Lumen, 2003). Sin exagerar, estos (y no los únicos) funcionarios del país, han devenido lo que la teórica germano-estadunidense elucidódespués del Holocausto como: “burócratas del exterminio”. Para Hannah Arendt, víctima de la persecución Nazi, la forma extrema del mal no es la encarnación de lo monstruoso en una persona, un cuerpo poseído, un lavado de cerebro. Ni demonios, ni enfermos mentales. Operarios de la barbarie. Para la filósofa secular, los “idiotas morales” son aquellos que obedecen y sólo pueden obedecer, sólo cumplen órdenes, se limitan a una cadena de mando sin disenso,  dogmáticos de las buenas costumbres, nihilistas de la meritocracia, obnubilados por la cosificación de las minorías,  burócratas y atareados en la archivonomía de folios, solicitudes, sellos y formularios sin lenguaje descifrable, sin sentido. Los idiotas morales obedientes, no conocen, no saben, no discriminan entre comandos y principios, papeleo y tortura, entre humanidad y autoritarismo; fundamentalistas del orden banal y hueco, los que, depauperados de pensamiento crítico y autónomo, se han impedido para la libertad.

La brutalidad del Estado ha mostrado a detalle los modos de desaparecer. Ayotzinapa no es la única tragedia humanitaria en México, ahíestála cifra en aumento de los 90 mil muertos de la Guerra contra el Narco, declarada en 2006, mientras el Estado autoritario ostenta los modos nefandos de la desaparición, los individuos, sus esfuerzos, uno más uno, unos y otros, salpicados, ensañados enseñan modos de reaparecer. Con mucho en contra y no con menos miedo, la colectividad protesta, busca y reclama, ve dónde encausarse (dar con causas, primero, con cauces-organización, después); la gente averigua, recorre, tramita, convoca maneras de volver a contar como sujetos de derecho, de reaparecer con voz y no como deudos desterrados. 

Los huesos se llaman porvenir y los desenterramos de las zanjas y las fosas. Esta conmoción mortífera y macabra nos tiene a todos en la mira. La impunidad consentida y las desapariciones forzadas nos hace increpar al otro: al partido, al candidato, al alcalde, al senador, reñir al Estado como eso otro. Este ambiente saturado de violencia sórdida también nos hace increpar, advertir a este otro otro: mi igual, tú, el prójimo, vecino, el que va de a pie, conmigo. 

El fracaso del Estado ha encostrado al Estado mismo. En el duelo, como víctimas enterramos la inocencia de mundo que anhelamos alguna vez atesorable, benevolente. 

Las víctimas asumen su condición de ser criaturas biológicas, y a la vez, simbólicas, épicas, cumplen y reinventan ritos funerarios, sin importar cuán resquebrajadas estén, pelean porque el vacío de la retórica legal no los erradique.Como víctimas buscamos las narrativas que rectifiquen una condición humana enaltecida..

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Es imperativo revertir esta cultura filicida. La crisis que ha vivido México en los últimos meses reclama propuestas y su seguimiento en forma de políticas públicas a cargo de los ciudadanos. En paralelo, urge recurrir al Derecho Internacional, a instituciones más alláde las fronteras geopolíticas, organizaciones que defiendan, asesoren y procuren conformar fuentes de apoyo para el arranque de procesos legales que vigilen transgresiones que no deben prescribir jamás, agrupaciones que prevengan crímenes de lesa humanidad que no podemos permitir que se repitan.

¿Qué hace falta? Rectificar y operar. 

Rectificar, tenemos una obligación moral. Obligación moral de gobernantes y ciudadanos, empezar por reeducar y reforzar el ideal de esta obligación, defender las garantías individuales, el bien común, la igualdad y el estado de derecho. Operar, bajo un propósito de comunidad, reagruparnos; hacer producir el sentido de colectividad.

“Tenemos dos orejas y una sola boca: y por cada cosa que decimos, el imperativo de la escucha se duplica (al menos, se potencia)”la frase es de Silvana Rabinovich (Anthropos, 2003) tiene un efecto de acicate. Las dos orejas que no tiene el Estado son nuestras orejas, ¡Escuchemos! “Y por cada cosa que decimos, el imperativo de la escucha se duplica”.

 

 

A don Julio Scherer García, en memoria

 A Emilio Álvarez Icaza, por  la comisión que encabeza        

 

 

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