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Mirar con tacto. Fundación Con Sentido

Niños Ciegos

¿Hacia dónde va un niño ciego cuando la tierra tiembla?

Si no hubiera conocido a Ruth no hubiera visto la urgencia de hacerme esta pregunta.

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A menos de una semana de que ocurriera el temblor de la Ciudad de México del 19 de septiembre del 2017, desde la azotea donde vivo, el sonido persistente de una campanita me hace salir a mi terraza y ver hacia abajo. Observo. Escucho. La voz de una mujer: “Sigue, sigue, sigue gateando y sigue el sonido de la campana, Nico”. Debajo de unas sillitas, justo en mi edificio, entre las jardineras de la banqueta, un niño gatea debajo de las sillas que están en la calle, otra nena suena la campana en un extremo, otra niña más espera su turno. Se me enchina la piel. Un papá y tres mamás que quieren decirles qué hacer siguen los gestos de la mujer que guía a los niños con su voz. Entonces entiendo que los tres pequeños no ven y que estoy presenciando algo, una de esas escenas sensoriales donde se graba todo: el olor del concreto y mi azotea, el sonido de la campana y el sonido de las voces de los que interactúan como si también fueran campanas, el tacto del viento que eriza los vellos de mi nuca, los colores tantas veces vistos de la fachada de mi edificio, mi hogar, y el pino de enfrente, el gusto de mis lágrimas saladas. Lloro. Lloré como lo hice en otros momentos en los que el miedo a otra réplica o la desesperación por ayudar me fragilizaron. Pero ahora, cuando han pasado días desde el temblor y la normalidad parece obligada me doy cuenta que justo en uno de los departamentos de mi edificio, con puerta a la calle, se enseña a unos bebés ciegos y de muy escasos recursos a ser autónomos. Junto con otros terribles sonidos que dejó en la memoria el terremoto, el tañido de esa campana está en mi repertorio de sonidos indestructibles, como la voz de mi sobrino de 5 años por teléfono: “¡Tía estoy brincando!”, o la voz de mi abuela en sueños, la de un desconocido que lee un poema tuyo, la de un “Te adoro” incondicional. Sonidos que son voces que son palabras que son vibraciones y la salida de emergencia hacia el lugar seguro en caso de desastre natural o amenaza y que emergen del cuerpo. Así fue esa campana que llegó hasta la azotea y que después me hizo ir a tocar el timbre insistentemente y dejar más de un recado en la puerta: “Soy su vecina. Vivo en la azotea. Me gustaría saber lo que hacen”.

 

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La maestra Ruth Franco formó la Fundación Con Sentido no sólo por ser un maestra normalista y haber hecho una especialidad para enseñar a niños ciegos y con visión débil, sino por una honda inquietud y sentido de justicia que la marcó desde su juventud y que cree férreamente puede inculcarse desde la educación.

“La edad temprana es la importante y es cuando hay familias que los tapan, que les da temor o los ocultan…  un papá no le puede decir a un niño yo creo en ti escondiéndolo; aunque trague uno amargo uno tiene que actuar, eso es lo que nosotras vinculamos mucho, que en otros lados no, porque esos adultos ciegos, a veces, no autónomos, fueron niños y tuvieron la oportunidad o debieron haberla tenido, para desarrollarse. No importa cómo lleguen, nos importan.”

La maestra Ruth Franco tiene 56 años, abundante pelo lacio, recogido en una coleta, con fleco negro sobre su frente, sonríe con su boca y con sus pestañas, con su inteligencia y con una pasión amorosa por su profesión; es bajita y firme en su hablar y en su presencia, y con todo y un trabajo de tiempo completo, la responsabilidad de la Fundación, su vida y lo que implica ser habitante de la Ciudad de México, habla como si tuviera todo el tiempo del mundo para responder, para escuchar, para atender a cada persona que tiene delante. Ella es la segunda después de un hermano mayor, también tiene hermanas, es hija de un diplomático, por lo que su primera infancia y sus estudios hasta la preparatoria los hizo entre Ecuador y Chile. Entre su historia familiar directa la ceguera no tuvo presencia, sin embargo, recuerda que una vez tuvo que regresar a su salón cuando estudiaba en Chile, y al entrar vio una escena que de momento no entendió pero se le quedó registrada en la memoria y después supo: “vi a mi maestra frente a uno de los niños que había tenido un accidente y le estaba enseñando brai, se me quedó grabado como algo curioso, que después de que todos nos íbamos mi maestra hacía eso…, en ese momento no sabía qué era ese libro gordo, era de brai, lo supe años después…”

La escena capturó a la maestra Ruth no sólo por el niño, sino por el papel que jugaba la maestra…, pero ¿qué era? Todavía no lo sabía ¿porque quién puede anticiparse a la realización de su destino? “Cuando yo estaba en la preparatoria no pensé que me fuera a dedicar a esto, a mí me interesaba más como la parte de Leyes, me gustaba Derecho Internacional…, como que en esa época estas enfocada más en qué puedas conocer, en viajar… pero siempre tuve la idea de que la Justicia es importante, el valor de lo que cada persona es y lo que cada persona debe recibir, era y es importante para mí, sin embargo, cuando estaba leyendo un libro de elección de carreras, y vivíamos todavía fuera de México, y como hermanos íbamos a regresar para estudiar la carrera […] yo empecé a ver que Educación me llamaba, se me hacía una parte fundamental del progreso de un pueblo, entonces cuando vi que existía la educación especial para ciegos y débiles visuales, ¡Ah! ¡Como si me lo hubieran subrayado!”.

La Justicia. Para los romanos, se representaba como un arquetipo femenino que lleva en sus manos una balanza, con los ojos vendados porque no se deja corromper por lo que ve y su entendimiento y alma son imparciales. En la mitología Náhuatl, Itzlacoliuhqui, el Dios de la Obsidiana, y señor del sacrificio, está relacionado con el impartidor de la justicia, el que imparte el castigo a quien ha cometido un delito entre los suyos. En tiempos de mestizaje global una equidad que abra los ojos sería un arbitraje urgente.

Le pregunto a la maestra Ruth qué piensa de esto y qué lecturas son sus preferidas, también si ha leído Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago y sobre lo que creo que dice uno de los personajes contagiado de la ceguera blanca que se propaga sin explicación en la novela: “tenemos la responsabilidad de tener ojos cuando otros la perdieron”. El personaje no se refiere a la vista oftalmológica, sino a conducirse con ética.

¡Claro! Me leído todos sus libros, Saramago es mi favorito, me encanta, y Ensayo sobre la ceguera pues, ¡más!… Siempre digo, la ceguera, como tal, no es algo que una puede decir que nos agrade, pero lo que nos enseña la discapacidad, es muy interesante. Vamos a lidiar con un sentido de privación, tarde o temprano. Es muy interesante, porque cuando tenemos a nuestros pequeñitos ciegos y leemos sobre algún libro sobre alguien que queda ciego o está ciego, como el Lazarillo de Tormes y otros, se ve la ceguera como si fuera un castigo, como si fuera algo horrible, y como el final de algo trágico. Yo siempre hablo esto con mis maestros, les hago ver: esto se debe cambiar, porque si no quedas como condenado: “qué horrible, es un castigo” Y no, ¡no lo es! No sabemos, no tenemos las respuestas. Los papis siempre preguntan: “¿Por qué a mí?” Esa respuesta no la tenemos, pero, lo que sí podemos es aprender, aprender para saber salir adelante en la adversidad. La parte de aceptación es la más compleja. Tenemos una psicóloga, y sí, no se podría de otra forma, si no fuera una red de trabajo. Aquí no podemos decir: “No puedo”. ¿Verdad, Jime? [Le dice a su alumna de 8 años que presencia la entrevista]. Le buscamos y vemos cómo le encontramos. Lo tenemos que lograr. El padre, la madre cuando se sienten apoyados, aunque ellos se sientan faltos de recursos de todo tipo, si ven que tú crees, ellos creen y entonces dicen “¡Hagámoslo!”, y así ven que su hija/hijo puede lograr muchas cosas.

La Fundación empieza con pequeñitos porque en “Los primeros años de vida de una niña o de un niño, sabemos –dice Ruth– que son los años más importantes, entonces, cuando no se trabaja desde esa edad hay un retraso en el desarrollo, no porque el niño con una discapacidad visual nazca con ese retraso, sino porque se propicia, “Mira, levanta tu cabeza”, o la sonrisa, que va dirigida, y que no se presenta muchas veces porque la madre puede estar en una constante situación de llanto, o de mucho duelo, de: “No sé qué hacer”. Pues se van perdiendo pequeñas cosas que se vuelven muy grandes y muy importantes en el futuro desarrollo”. En los avatares que atraviesa la Educación y la Salud Pública en México, al menos en lo que a la maestra Ruth Franco le ha tocado vivir, recuerda que: “Cuando el Hospital Conde de Valenciana cierra el Centro de Rehabilitación los que resistieron y defendieron fueron los padres. Yo dije pues ya, se acabó este proyecto. Y los padres dijeron: “¡Sigamos, sigamos!” El Hospital nos apoya con becas para algunos de los niños y de ahí, todas tenemos otro trabajo de planta y hacemos esto aquí por gusto, por ayudar, no por la remuneración económica. Yo trabajo para la SEP, donde todavía el tema de la discapacidad no logra funcionar como debería. Los maestros no saben cómo enfrentar el problema […] Y en cuanto a iniciativa privada, los Teletón, por ejemplo, no trabajan nada de ceguera, no lo dicen, pero trabajan puros aspectos físicos y ahora autismo. Se van a lo físico, pero no lo sensorial, muchas discapacidades quedan fuera”. “Mira, levanta tu cabeza”, esta sola frase es una forma de estímulo para un niño que no tiene por qué esconder sus ojos, aunque no vea.

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La mamá de Luna Miranda García Flores, vive en Ecatepec, llegó al Hospital Conde de Valenciana con la pequeña Luna y ahí supo de la Fundación Con Sentido, la Fundación a cargo de la maestra Ruth Franco para enseñar a niñas y niños ciegos y con visión débil.

En la calle Pitágoras de la Colonia Narvarte Poniente, en un diminuto departamento, hay cantidad de estantes, libreros, mesas y sillas para niños, y pizarrones en cada espacio. Todo en un orden que salta a la vista –para algunos. Si enfocas desde otro punto de vista o abrieras todos tus sentidos, se trata de un sin fin de texturas, de objetos que producen ruidos y capas de sutiles olores: ranas de tela, dinosaurios de plástico, mapas de cartón, abecedarios de madera, ábacos de diferentes tamaños, fólders, sobres manila de todos tamaños, archiveros, cajas de cartón con más material didáctico, cajas de plástico con barcos miniatura, globos terráqueos, plantas vivas, el calendario azteca en varios tamaños, muñecas con pelo de estambre, documentos de papel de toda clase… todo concienzudamente acomodado entre dos pequeñas habitaciones alfombradas, de paredes blancas, con ventanas que miran hacia la calle; se antoja tocar todo, se puede oler la materia de la que está hecha cada una de estas cosas llamativas.

Tomo parte de la sesión con la maestra Adriana, en la que enseña brai, tanto a los pequeños como a padres. Llegan de la calle y la maestra les pide lavarse las manos. Luna va por su cuenta, ya conoce el lugar, se mueve con independencia, “Dile a las manitas que se apuren”, le pide la maestra cuando calcula que le está tomando demasiado tiempo salir del baño. La alegre y dicharachera Luna se ha quedado en silencio en el baño. Nancy, mamá de Luna, quien ha tomado un lugar en las sillitas del salón, ante el largo silencio de Luna que parece contener algo de travesura y de suspenso, sólo dice: “Ahorita va a pedir ayuda. Espero que pida ayuda”. Al parecer, Luna, que se sabe al dedillo las instalaciones, no encontraba con qué secarse las manos, la maestra Adriana ha ido ayudarle, recordándole que es importante pedir ayuda cuando lo necesite. “Sécalas con el aire” le dice, “No quiero con el aire”, responde Luna, “busco la toalla”.

“Puedes sentarte donde quieras” le recuerda Adriana a su alumna, y aunque en uno de los salones ya estamos instalados Nancy, Adriana, Nicolás y Karina, Luna escoge el salón que está vacío y va por su cuenta caminando todavía con la mochila que no se ha quitado de su espalda. Desde allá nos dice, mientras intuimos –porque no la vemos desde este lado de la pared- que empieza a sacar su útiles: “¡La mesa está llena, maestra!”. Dos enormes máquinas de escribir mecánicas (de las que ya no se ocupan, pero que en los setentas imprimían el ruido característico de toda oficina que presumiera de tecnología) ocupan parte de las mesas. “Después de aprender braille, más adelante en su entrenamiento, aprenderán mecanografía”, me explica la maestra Adriana. Me asomo a ver las Olivetti como si fueran parte de los especímenes de la Historia Universal. “Ya encontré espacio”, por fin dice Luna.

De este otro lado de la pared donde trabajan padres, niños y maestras, Nicolás y Karina trabajan quedito (ese gesto que nadie nos enseña: bajar la voz para subir la intensidad de la percepción). “¿Se siente el punto 6?”. Mamá e hijo están haciendo combinaciones en el cuadratín en brai con un punzón metálico. Nico es un poco más avanzado, ya no usa el punzón de madera (confieso que para mí, el punzón de madera semeja un preciado talismán). “(uno, dos), (uno, tres), (uno, cuatro), (uno, cinco)…(uno,…)”. Dicen casi en un murmullo y muy concentrados. “Ahora vamos a leer”. Me emociono. Nico leerá con sus manos el bajo relieve en la hoja que acaba de marcar. Se equivoca en algunos puntos, la maestra Adriana está atrás de él, le ha pedido a su mamá que lo deje trabajar solito. “Punto generador, Nico”, le dice Adriana. “Siéntate derecho, concéntrate y relaja tu brazo, no aprietes tanto tu mano. ¡Vamos!”. La corporalidad enseña. La cercanía sin ansiedad, también.

Nicolás Castillo Gloria tiene 6 años, vive en la colonia Guerrero de la Ciudad de México. Me encontré con ellos afuera de las instalaciones de la Fundación. Cuando llegó la maestra Adriana le pasó a Nico las llaves de la puerta de entrada, dos cerrojos, uno al borde del piso, el otro a la altura de la manija. Nico soltó su bastón anticipador de apoyo y con su mano, al tacto, fue buscando la chapa para abrir los cerrojos. Algo entre un juego y un reto, como tantas pequeñas cosas para él y para Karina, su mamá. Para quien está ciego de nacimiento el reto-juego, o viceversa, es un proceso que implicará el triple de esfuerzo y fortaleza que para el resto. Abrir una puerta con los dientes de una llave es siempre abrir una puerta, abrir el lugar al que puedes entrar, al que sabes llegar, al que eres bienvenido, que te pertenece, que te has apropiado o te apropias cada que vuelves…, abrirle la puerta a alguien: toda una prueba de confianza. Nico nos abre la puerta. “Gracias Nico. ¿Dónde quieres trabajar?” “Por ejemplo, allá”. Respondió. “¿Trajiste regleta y punzón?” “La regleta no se abre toda, se abre poquito…” Dice al entrar a clase. Yo también llevaba mis útiles. Quiero saber algo. Le saco punta a un lápiz. Enciendo la grabadora.

 

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“A los niños con ceguera y de baja visión les damos seguimiento a través del Hospital Conde de Valenciana. Cada una de las maestras que colaboramos tenemos un trabajo fijo en otro lado, antes nos daba un apoyo el Hospital [Conde de Valenciana], pero hemos seguido aun sin ese apoyo. Las personas que vienen de lejos es algo simbólico lo que nos dan, es realmente una asesoría, 300, 500 pesos. La recompensa es mucho mayor. Trabajamos junto con los papás y la escuela regular. Llevamos 10 años y no sabemos hasta cuándo vamos a seguir. Aunque en esta ubicación llevamos siete años, y desde que la maestra Ruth trabaja vinculada con el Conde de Valenciana, cuando había Centro de Rehabilitación como tal, 21 años de su labor.”

Adriana Galán Pérez, tiene 48 años, no tiene hijos, tiene piel clara, cabello quebrado y usa lentes; sus brazos son fuertes, como su inteligencia científica, más orientada hacia la biología, la química y que por azares del destino llegó a la Educación Especial. Confiesa, una vez que se sienta, después de terminada la sesión de trabajo y cuando parece recapitular en su día: “Ay, es que en el metro sí se enoja uno, la verdad”. Me hace pensar en mi propia dificultad para salir de un atorón en la estación del metrobús Xola, coincido bufando.

Cuando le pregunto si es un asunto de género que haya más mujeres que hombres, como docentes de educación especial, ella responde: “Eh… buena pregunta. Pues no. Socialmente, lo que pasa es que el hombre es más compatible con otro tipo de áreas que la pedagógica. Sí hay maestros hombres de educación especial, pero son muy contaditos en México. Si se involucran se involucran más con adolescentes, que en etapas tempranas, con bebés no y nosotras justo empezamos con bebecitos… Pues, no me los imagino, la verdad, empezar en etapas tan tempranas.”

La maestra Adriana, considera que para que la labor de la Fundación Con Sentido siga abriendo brecha, hace falta difusión entre normovisuales, sensibilizar a la población, conseguir apoyos económicos, poder capacitar a más docentes, dar cursos a quienes estén interesados.

Cuenta que a sus alumnas adolescentes, además de aprender a moverse con el bastón anticipador por esta ciudad tan complicada y agresiva, ha empezado a sugerirles que entren a tomar clases de defensa personal o artes marciales. Las dos nos miramos con la amarga complicidad que enfrentan las mujeres, y aun más las mujeres jóvenes que se trasladan a la escuela, a sus casas, a ver a sus amigas o a sus lugares de trabajo a través del transporte público y transitando por las calles inseguras de la ciudad, ni se diga el riesgo para las que viven en el Estado de México y padecen una discapacidad visual como sus alumnas. Pero la maestra Adriana no parece vivir con miedo, transmite coraje, seguridad, corazón y confianza; se puede hablar de todo con ella, lo aborda con seriedad sin regatearle a la risa. Le pregunto si vio la película que tanto éxito tuvo en Netflix, Bird Box, me dice que ella leyó primero el libro, (yo no lo leí, le digo). “Como sociedad nos podemos acabar –comenta Adriana– en el libro el final es más crudo: el refugio es un lugar al que llegan los que se atreven a arrancarse los ojos”.

A pesar de ver no vemos. Los poetas, los profetas parecen haberlo dicho y repetido y tratado de enseñarnos: “lo esencial es invisible para los ojos”. Los ciegos abren sus sentidos, perciben la realidad y están dispuestos a confiar, tal vez de una manera que quienes vemos no lo hacemos, ni nos atreveríamos. Llenos de estímulos, de cosas que no hacen falta, o aun con ojos listos enturbiamos la mirada bajo una cortina de humo. Ver es confiar, ver con el corazón. Desafortunadamente todavía la división entre el cuerpo y el alma se debate en una vertiginosa realidad con un repertorio de fanatismos que pervierten nuestros sentidos, y no es raro que ver, a veces, se haya vuelto vigilar, y sobre todo desconfiar del otro.

 

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Cuando le pregunté a las mamás de los niños que asisten a la Fundación Con Sentido, ¿Qué le pedirían a la sociedad para sentirse más apoyadas? Karina respondió: “Yo pediría de la sociedad, no mucho, pediría, que a mi hijo se le trate como a otro, igual. Me preguntan a mí en vez de a él cuando vamos en la calle, él sabe hablar, sabe contestar, acorde a su edad, claro; pediría que no tengan miedo. Nicolás se viste solo, se desviste solo, es muy autónomo, en el kínder no necesita que estén atrás de él; en su escuela él sabe desde que entra dónde está su salón, cuál salón es de tal maestra… Pediría que la sociedad se involucre un poco más y que los involucre un poco más”.

Nancy, la mamá de Luna dice: “hay más apoyo para enfermedades terminales u otras cosas y pues está bien, pero que se interesaran más en esto, y no es que diga más dinero, sino más herramientas, aunque sea un curso”.

Para las mamás, papás y cuidadores de estos pequeños ciegos de nacimiento, las más de las veces, el mayor miedo a futuro es imaginar a sus hijos solos ya como adultos a merced de un mundo hostil o de una sociedad indiferente y sin las oportunidades que se merecen. Como si después de todos estos años, tras pasar por las difíciles pruebas de aceptación con otros miembros de la familia, el barrio o la escuela; después de los obstáculos para encontrar una organización donde al fin encontraron el apoyo de una Fundación como ésta, se vislumbrara un túnel en la edad adulta o cuando ellas, como madres, lleguen faltar.

La maestra Franco dice con orgullo que el primer alumno de CRECIDEVI que rehabilitaron ya es papá y salió de psicología de la UNAM, y “hemos tenido varios; algunos vienen, mandan mensajes, tenemos muchos, por eso le podemos decir a muchos padres: “nosotros ya recorrimos este camino, ya sabemos; el papá se motiva”.

Nico nada como pez en el agua desde su tercera clase natación y “le gusta mucho la música, cualquier tipo de música, desde el rock, el jazz, salsa, cumbia… canta ¡Baila todo!” dice su mamá con lágrimas en los ojos.

Nancy, quien trae vestida a Luna con todos lo tonos de lila más encantadores dice como si hablara de una hija que ya se graduó de la universidad: “Luna tiene una inteligencia tremenda y además, no se queda callada, se expresa mucho, me enorgullece a sus 5 años. Si le preguntan qué vas a ser de grande, quiere todo: "quiero manejar el metro, quiero ser maestra”, dice”.

Luna está un poquito más adelantada que sus compañeros, en letras, nombres y reconocimiento de figuras, porque ella los vio en la Fundación antes de entrar al kínder de la SEP, y mamás de otros niños le piden a Nancy que les hable del sistema Montessori que llevan en la Fundación Con Sentido y de cómo leen libros en brai, Nancy dice “me siento orgullosa de este conocimiento [el sistema Montessori] y se lo debo a mi hija”.

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“A veces voy a estar arriba, a veces voy a estar abajo. A penas me pasó. Estábamos en el kínder. Los papás y las mamás se tenían que cubrir la cabeza, y ese momento:  “¡Busquen a su mamá!” Dijeron las maestras del kínder. Y, ay…  [llanto entrecortado] Me pasaron a mí adelante, y pues…, por la voz, así me identificó… pero sentí… ora sí… me vine abajo… Por dentro sí me vine para abajo”. Esto fue lo primero que me contó Nancy cuando nos conocimos, en el departamento de Pitágoras 559-A, convertido en aula Montessori, en salón de escritura en braille, en taller para padres, en territorio de simulacro de temblor para bebitos ciegos, en punto de encuentro donde se resguardan llanto de logro y de profunda desazón, en Fundación Con Sentido.

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Han pasado casi dos años de los temblores del 2017. Días tan vívidos, todo extremadamente sensorial. El tacto más poroso… perceptivo… demasiadas imágenes y sensaciones agolpadas. Narrarlo como si fuera box dice un admirado editor, siempre moviéndote, de izquierda a derecha… Tal vez los hecho así deban narrarse: llevar al lector a mi azotea, decirle: ahí empezó mi deseo por contar la historia de las mujeres detrás de aquélla escena…, pero emulo un gesto, cierro los ojos, leo en el espacio invisible extendiendo mis brazos.

“La campana no pausa su sonido porque vibra, el badajo suspendido en el aire, pega el interior de la campana…” Mientras, las manos de una niña ciega miran el mundo al tacto, mira cuando las manos se posan, mira cuando las manos apenas tocan y se retiran de lo que tocan porque el mundo vibra para ella.