Open Book Studio

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Camila Krauss open book studio narvarte poniente noviembre 2019

Los domingos de octubre y noviembre del 2019 abrí mi casa para presentar parte de un proyecto de poema colectivo de ciencia ficción y escribirlo de manera conjunta, con quien quisiera colaborar. También tenía el propósito de compartir waffles y el desayuno bajo una pauta: traer a alguien del sexo opuesto. Podía ser una familiar, colega, vecino y/o un cuasi extraño. Para mí esto significaba romper el algoritmo en tiempo y espacio real. Romper mi algoritmo, el de ese circuito de ciertas amigas o amigos que puedo convocar y no fallan, los incondicionales, que vinieran y ya: el rito de dar crédito o no a lo que tu compa creativo pasa de manera consuetudinaria; para otres, mostrar apoyo y compartir un interés, sin que esto fuera un colaboratorio curricular o parte de una tarea con pedigree conceptual, ningún personaje de peso en las redes lo hacía parecer plan de kermés o de autoayuda, tampoco lo avalaba el Sistema Nacional de Creadores.

Reunirse a escribir y tratar de hacer un poema no es un performance para mis amigas performers, reunirse a escribir y a leer un poema no es una actividad sonora para mis amigos artistas sonoros que han comprado mis libros y hasta ahora no me han dicho nada sobre lo que sienten cuando escuchan poesía; reunirse a escribir y hacer un poema, leerlo e interpretarlo no me hace artista según mis más allegados actores, actrices y bailarines… Claro, no estoy confundiendo el oficio, me considero poeta, no interdisciplinada.

Por un lado sorprende por el raquítico valor de la amistad les colegues y la jerga inclusiva, pero eso no viene al caso ahora. Estoy desahuciada por el lugar que tiene la poeta entrecomillada que no pertenece a un padrón o una hermandad MEXA, pero sobre todo los artistas y los intelectuales contemporáneos estumefactos. Esta sociedad consumista, tecnologizada, sedienta de entretenimiento, de aleccionamiento sin alma… El poema escrito ha muerto. Necesita ser un libro álbum, papel en cajitas que adornen una mesa, ilustración… ¡Quién abre la página de un libro de poesía para encontrarse en el poema, quién está buscando poemas cuando está desconsolado! Tal vez nadie. Quién quiere entender un soneto, un romance, cuartetas. ¿Quién va al abrazo del silencio cuando de verdad no alcanzan las palabras? Los poetas quieren ser artistas, los artistas quieren ser mercaderes de conceptos.

Sólo el primer domingo vinieron mis amigos solteros y mis amigas solteras. Vinieron a desayunar. Escribieron. Me cuestionaron, alguna a mí, no al proyecto de escribir ciencia ficción sobre su posible descendencia de aquí  o tras veinte generaciones. Después, otros agendaron, dijeron venir y traer a alguien y a la hora de la hora, cancelaron. Por el desayuno se sugería una cooperación económica de 80 pesos, esto tampoco les pareció a otrxs. Hubo los que dicen acudir sin responder, quien dijo llego, pero desapruebo.

El proyecto sobre las Matemáticas aleatorias, sobre cómo nuestro árbol genealógico, en un punto, en vez de expandirse, se contrae, se borra, es el pretexto para escribir poemas de ciencia ficción, mi proyecto: Implexo. La idea de reunirme a hablar con otras personas de esto, de poesía, de ciencia ficción, de saltos cuánticos y saltos generacionales… y de escribir, escribir lo que resulte de esa charla y esa convivencia era poder hablar  con tantos otr@s como fuera posible. Hasta ahora he enviado el proyecto a una residencia en India y no ganó, a otros espacios en la república, y tampoco. La invitación a jugar no juega, y jugar con las palabras y entre extraños, inventar el futuro con otras personas y donde la seducción se dirige a la página parece demasiado primitivo, como si lo convulso y constante del afuera haya copado al límite la forma de relacionarnos. Es trágico, desde mi punto de vista, qué más habría que decir. Los formularios son para las becas, los waffles para las personas que departen un domingo.

Es posible que la idea fuera una mala idea desde el comienzo. Para mí, evidenció un sesgo de la rigidez heteronormativa, a veces, introyectada inconscientemente en otro más de los rituales domésticos. Un o una soltera heteronormativa puede sentirse “en situación” de cortejo en cuanto propones “trae a alguien del sexo opuesto”; dicha situación puede asumirse con obligatoriedad, exigencia o autoexclusión –aun cuando se trataba de sacar de la ecuación el ingrediente “punto de encuentro para el cortejo”, puede haber desgana o excitación por la sola idea. El o la soltera heteronormativa, a veces, quiere contender y/o descartar (a veces quiere exactamente lo opuesto, territorios sin presión de la manada). Al proponer el domingo, un espacio casero, un almuerzo colectivo, una escritura grupal, imaginar ciencia ficción y hacer poesía acompañado de alguien del sexo opuesto, sin importar la edad y qué te vincule a ese otro que no se limite a ser tu pareja (posible, deseable, en turno, cogible, intelectualizable, terapeable…). Mi intento de romper el algoritmo en tiempo y espacio real no funcionó. También creo que el sólo proponer escribir, sin diagramas, ni performance, nada de fondo, escribir, sólo en relación con la palabra y en crudo, suena soso e insuficiente para los aspirantes a artistas conceptuales.

Sí, también es posible que mi escritura fracase y haya fracasado y sea desde ahí que no haya habido incitación. En parte, me contenta ver el resultado, tan pedestre como estrecho y la muralla: ¿cómo rompo mi algoritmo y cómo salgo, sin multiplicar más binarismos, ni arrojarme a las afectaciones, cuando no eres queer y no eres, ni vas a ser mamá esposa, otros presupuestos del heteroreino del éxito..., ¿qué eres? ¿qué waffles? qué domingos te quedan por delante?